COMUNICAR ES REGALAR
Por qué el problema nunca fue la técnica
Capítulo 5 de 8
Lo que callamos
La omisión también comunica. Y también es responsabilidad nuestra.
Cuando hablamos de comunicación, pensamos en lo que se dice. Pero buena parte de lo que comunicamos no está en lo que decimos. Está en lo que callamos.
El silencio comunica. La omisión comunica. Lo que eliges no decir le llega igual a la otra persona, a veces con más fuerza que cualquier palabra. Y aquí aparece algo que la mayoría de los manuales evita, porque es más fácil hablar de cómo decir bien las cosas que de las cosas que no decimos: somos responsables también de nuestros silencios.
Hay silencios sanos. Callar para no herir sin sentido, para no invadir, para dar tiempo, para escuchar de verdad. No todo necesita ser dicho. Pero hay otros silencios que conviene mirar de cerca, porque se disfrazan de prudencia y son otra cosa.
Está la información que no compartes “para no preocupar”. Está la conversación que pospones una y otra vez porque te cuesta. Está el feedback que no das porque “no es el momento” —y nunca es el momento—. Está el problema que ves venir y no nombras, esperando que se resuelva solo. Está el “no me pasa nada” cuando claramente pasa algo.
Casi siempre nos contamos que callamos por el otro: para cuidarlo, para protegerlo. Vale la pena ser honestos con nosotros mismos en este punto. La mayoría de las veces no callamos para cuidar al otro. Callamos para cuidarnos a nosotros: para evitar el mal momento, la cara de la otra persona, el conflicto, el riesgo de no caer bien. Disfrazamos de generosidad lo que es, en el fondo, autoprotección.
Y esos silencios tienen un costo, aunque no lo veamos. El feedback que no diste hoy se convierte en el despido sorpresivo de mañana, ese que la persona no vio venir “porque nadie le dijo nada”. La conversación que pospusiste se pudre y vuelve más grande. La información que retuviste “para no preocupar” termina explotando como traición: “¿lo sabías y no me dijiste?”. El silencio no evita el problema. Lo aplaza con intereses.
Hay una omisión todavía más fina, y es la del que dice todo menos lo único que importa. Habla mucho, llena el aire, contesta cosas, pero esquiva el punto. Técnicamente comunica un montón. En la práctica, calla lo esencial. Y la otra persona, otra vez, lo siente: sabe que le dieron mucho ruido alrededor del hueco exacto donde estaba la respuesta.
Por eso la pregunta de este capítulo no es “¿qué digo?”. Es la opuesta: ¿qué estoy callando, y por qué? ¿De quién es ese silencio realmente? ¿Cuida al otro, o me cuida a mí? ¿Estoy dando tiempo, o estoy escapando?
Hacerse cargo de la comunicación es hacerse cargo también de los huecos. Porque tu silencio no es neutral. También es un mensaje, y la otra persona lo está leyendo. La pregunta es si lo escribiste tú a conciencia, o si dejaste que lo escribiera tu miedo.
Laura Puñales
Responsable de Desarrollo y Transformación de Empresas
Directora CESA MS