Pedimos innovación. La queremos, la declaramos, la presupuestamos. Y sin embargo, casi todo a nuestro alrededor está diseñado para impedirla.
No por mala intención. Por diseño. Porque el modelo de trabajo desde el que operamos no se pensó para innovar. Se pensó, hace un siglo, para otra cosa: para producir lo mismo, muchas veces, sin errores y al menor costo. Y cumple ese propósito a la perfección. El problema es que le estamos pidiendo justo lo contrario de aquello para lo que fue construido.
Miremos los obstáculos de frente, porque están a la vista.
La estructura. Áreas separadas en silos que compiten entre sí, cuando innovar exige justamente lo opuesto: cruzar fronteras, mezclar miradas, conversar entre mundos que hoy ni se hablan.
El tiempo. Agendas tomadas al cien por ciento, sin un solo hueco. Y la innovación no nace en la urgencia: necesita espacio, pausa, un tiempo aparentemente “improductivo” que el modelo no tolera ni contempla.
El error. Lo seguimos castigando, mientras innovar es, por definición, equivocarse muchas veces antes de acertar. Pedimos audacia en sistemas que penalizan cada tropiezo.
El control. Cadenas de aprobación pensadas para que nada se salga de la norma. Perfectas para sostener lo conocido, letales para lo nuevo, que muere asfixiado antes de llegar a probarse.
Los indicadores. Medimos eficiencia, cumplimiento, resultados de corto plazo. Y lo que se mide es lo que se cuida. Nadie va a apostar a lo incierto cuando lo único que se premia es la certeza inmediata.
Visto así, no hay misterio. La pregunta no es por qué cuesta tanto innovar. La pregunta es cómo pretendíamos lograrlo, pidiéndoselo a una maquinaria diseñada para todo lo contrario.