Vivimos apagando incendios. Corriendo de una reunión a otra, de un pedido urgente al siguiente. Y a eso le llamamos estar ocupados. Incluso, a veces, le llamamos trabajar bien.
Pero la agenda llena no siempre es señal de compromiso. Muchas veces es el mejor escondite que encontramos para no enfrentar lo único que de verdad importa.
Porque lo urgente tiene una ventaja enorme: nos dice exactamente qué hacer. Llega, grita, se impone. No exige que pensemos, solo que reaccionemos. Y reaccionar es cómodo: al final del día nos deja exhaustos, y el cansancio nos convence de que algo importante hicimos.
Lo importante, en cambio, es silencioso. No grita. No tiene fecha de vencimiento aparente. Espera. Y como espera, siempre puede esperar un día más.
Así, sin darnos cuenta, construimos vidas y organizaciones enteras dedicadas a lo urgente, que jamás llegan a lo importante. Resolvemos rápido lo que no cambia nada, y postergamos para siempre lo que cambiaría todo.
Porque enfrentar lo importante asusta. Pide detenerse. Pide pensar. Pide hacerse preguntas incómodas que el incendio, convenientemente, nos permite evitar. Estar ocupados es, muchas veces, la forma más elegante de no estar presentes.
Y un día miramos atrás y descubrimos que hicimos miles de cosas, pero no las que importaban.
Priorizar no es ordenar la lista de tareas. Es tener el coraje de elegir. De decir que no a lo urgente para poder decirle que sí a lo esencial. De soltar el incendio del día para sentarse, por fin, frente a lo que de verdad merece nuestro tiempo.
Porque al final, nuestras prioridades no son las que declaramos. Son las que los resultados revelan.
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Laura Puñales – Director de CESA MS.