Hay algo que sorprende a muchas empresas que nos contratan. No son los modelos, ni las metodologías, ni los resultados. Es la calidad del vínculo. Esas relaciones verdaderas y duraderas que, con el tiempo, terminamos construyendo con las personas.
Y siendo honesta, muchas veces detrás de los comentarios más frecuentes —“la gente te adora”, “tenés un club de fans”, “quieren seguir trabajando con vos”— percibo algo más. Una pequeña duda. Una sospecha sobre lo que de verdad pasa en el camino que recorremos juntos. Como si tanto cariño tuviera que esconder, necesariamente, una concesión.
Y eso me hace pensar.
¿Es tan extraño que, a partir de la confianza, la honestidad intelectual y el respeto, se construyan buenas relaciones? ¿Es tan raro que de verdades incómodas —pero verdades al fin— nazca no solo desarrollo, sino una admiración mutua real?
Lo pregunto en serio. Porque si esto nos resulta extraño, si nos cuesta creer que un buen vínculo y la verdad puedan convivir, entonces el problema es más profundo de lo que parece. Estaríamos poniendo en duda, nada más y nada menos, los principios que deberían sostener cualquier construcción de un futuro mejor para todos.
Porque en el fondo, la sospecha esconde una creencia: que para decir la verdad hay que resignar el vínculo, y que para cuidar el vínculo hay que esquivar la verdad. Que el respeto y la franqueza son enemigos. Que querer a alguien y desafiarlo no caben en la misma relación.
Y yo, después de tantos años, sé que no es así. Al contrario: los vínculos más profundos que construí no se dieron a pesar de las verdades incómodas. Se dieron gracias a ellas. No hay desarrollo real sin confianza, y no hay confianza real sin verdad.
Quizás, en la respuesta a estas preguntas, vivan también algunos de los paradigmas que todavía nos separan de lograrlo.
Quizás el primer cambio sea dejar de mirar el buen vínculo con sospecha. Y empezar a entenderlo por lo que es: no la ausencia de verdad, sino su prueba más difícil y más hermosa.
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Laura Puñales – Director de CESA MS