COMUNICAR ES REGALAR
Por qué el problema nunca fue la técnica
Capítulo 3 de 8
El regalo
Por qué quien tiene algo verdadero para dar no tiene pánico escénico.
Casi todo el mundo le tiene algo de miedo a hablar en público. Pero hay una excepción que conviene mirar con atención, porque desarma todo lo que creemos sobre el tema.
Piensa en alguien que tiene un regalo para dar. No uno cualquiera: uno que eligió pensando en la otra persona, porque la conoce, porque sabe que lo necesita o que lo va a hacer feliz. ¿Esa persona tiene pánico escénico al entregarlo? No. Está ansiosa, sí, pero por una razón opuesta: quiere ver la cara del otro. No piensa en sí misma. Piensa en lo que trae.
Ahí está la clave de todo.
El pánico escénico —y casi toda la mala comunicación— nace de un eje mal puesto. Cuando hablo y tengo miedo, ¿en qué estoy pensando? En mí. En cómo me ven. En si me equivoco, si me tiembla la voz, si quedo bien, si pensarán que soy capaz. Toda mi atención está apuntada hacia adentro, hacia mi propia imagen. La comunicación se vuelve un espejo: solo me veo a mí.
Las técnicas que nos enseñan, casi todas, refuerzan ese eje. “Proyecta seguridad”, “controla tu lenguaje corporal”, “causa una buena impresión”. Todas hablan de mí, de cómo aparezco yo. Me invitan a mirarme más. Y mirarse más es exactamente lo que produce el miedo.
El regalo invierte el eje. Deja de tratarse de mí y pasa a tratarse del otro. Y cuando eso ocurre, el miedo no se vence: desaparece, porque ya no hay lugar para él. No puedes estar pendiente de tu propia imagen y de la otra persona al mismo tiempo. Una de las dos atenciones expulsa a la otra.
Por eso la pregunta que transforma a alguien que comunica no es “¿cómo me veo?”. Es “¿qué le traigo?”.
Cuando entras a una reunión, a una conversación difícil, a un escenario, con la pregunta “¿qué le traigo a esta persona, qué necesita escuchar, qué le va a servir?”, pasan cosas raras. Dejas de ensayar poses. El cuerpo se relaja solo, porque no lo estás vigilando. Las palabras salen más simples, porque ya no buscan lucirse: buscan llegar. Y la otra persona lo siente: percibe que está siendo el centro, no el público de tu show.
Esto también explica por qué hablar bonito sin tener nada para dar genera rechazo. Es como llegar con las manos vacías pero con un moño enorme: todo el gesto apunta a ti, a tu necesidad de quedar bien, no a la persona que tienes enfrente. Y eso, aunque no sepamos nombrarlo, se nota siempre.
Comunicar es regalar. Supone que pensaste en el otro antes de hablar. Supone que tienes algo que vale la pena dar. Supone que lo entregas sin exigir una reacción exacta a cambio, porque un regalo que llega con factura deja de ser regalo. Y supone, sobre todo, correr la atención de ti hacia quien recibe.
La próxima vez que algo te dé miedo decir, no te preguntes cómo decirlo mejor. Pregúntate para quién es, y qué necesita esa persona de lo que traes. El miedo se ocupa solo.
Laura Puñales
Responsable de Desarrollo y Transformación de Empresas
Directora CESA MS