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¿Huimos del conflicto? Liderazgo y Transformación de Empresas – Cap. 5 de 8

¿Huimos del conflicto? Liderazgo y Transformación de Empresas – Cap. 5 de 8

No decir lo que pensamos no cuida el vínculo: lo vacía. Y en la Era de la IA, la falsa paz es el lujo más caro que puede darse una empresa que quiere transformarse.

Hay una forma de no decir lo que pensamos que se disfraza muy bien. No la llamamos cobardía ni evasión. La llamamos prudencia, diplomacia, «no hacer olas», «mantener el buen clima». Y con esos nombres tan respetables guardamos lo que de verdad pensamos, evitamos la conversación que hay que tener, dejamos pasar lo que habría que decir. Todo, nos contamos, para cuidar la relación.

Pero conviene mirar de cerca qué relación es esa que necesita, para sobrevivir, que nunca digamos lo que pensamos. Porque no es una relación verdadera. Es una convivencia cordial sostenida sobre cosas no dichas. Y eso, que parece paz, es otra cosa.

Le decimos paz, pero es ausencia. Falsa paz. En la superficie todo fluye: nos saludamos bien, las reuniones terminan sin roces, nadie levanta la voz. Debajo, se acumula todo lo que no se dijo: el desacuerdo que tragué, la molestia que no nombré, el problema que vi y callé, la conversación que vengo postergando hace meses. Esa pila crece en silencio. Y las pilas de cosas no dichas no desaparecen: fermentan. Un día estallan por una pavada, o peor, no estallan nunca y simplemente el vínculo se va vaciando de a poco hasta que queda la pura cáscara de la cordialidad.

Cuidar el florero no es cuidar la relación

Acá está el punto que cuesta ver: no decir lo que pienso no protege la relación. La debilita. Cada vez que me callo algo importante por miedo al roce, le saco a la relación una capa de verdad y le pongo una capa de actuación. La voy convirtiendo, conversación a conversación, en algo más liso por fuera y más hueco por dentro. La estoy cuidando como se cuida un florero: que no se rompa, intacto en su estante, sin servir para nada.

Una relación verdadera y duradera es exactamente lo contrario de un florero. Es algo que se usa, que aguanta peso, al que se le puede pedir. Y para que aguante peso tiene que poder sostener el desacuerdo, el «no estoy de acuerdo», el «esto que hiciste me cayó mal», el «creo que te estás equivocando». Un vínculo que no resiste que le digan la verdad no es fuerte: es frágil, tan frágil que hay que protegerlo del aire. Los vínculos que duran de verdad no son los que nunca tuvieron una conversación dura. Son, casi siempre, los que las tuvieron y salieron enteros.

Para el líder que quiere evolucionar

Para un líder, además, huir del conflicto tiene un costo que se paga en resultados. El desacuerdo que no se dice en la reunión no desaparece: se va al pasillo, donde no se resuelve nada y se erosiona todo. La decisión floja que nadie objetó por no generar roce se ejecuta igual, con su error adentro. El bajo desempeño que no se nombra a tiempo se cronifica, y un día se vuelve un problema enorme que «nadie había planteado» —cuando en realidad todos lo veían y nadie lo dijo—. El equipo donde no se puede discutir no es un equipo en paz. Es un equipo que aplazó todos sus conflictos para más adelante, con intereses.

Evolucionar como líder empieza, muchas veces, por acá: por dejar de confundir la ausencia de roce con la salud del equipo. El líder que madura aprende a distinguir dos cosas que se parecen mucho pero son opuestas —el silencio de un equipo alineado y el silencio de un equipo que ya dejó de decir lo que piensa— y entiende que su trabajo no es evitar la fricción, sino hacer que la fricción sea productiva: ir contra el problema y no contra la persona, con respeto y sin agredir.

Para la empresa que quiere transformarse

Y hay una trampa más fina todavía. Cuando un líder evita sistemáticamente el conflicto, le enseña al equipo que acá los problemas no se nombran. La gente aprende a leer ese mensaje rapidísimo: si el de arriba esquiva las conversaciones difíciles, ¿quién las va a tener? Así se construyen culturas enteras de silencio educado, donde todos saben lo que pasa y nadie lo dice, y donde las malas noticias viajan por debajo de la mesa mientras arriba se sonríe.

Ninguna empresa se transforma en una cultura de silencio educado. La transformación es, por definición, incómoda: obliga a revisar lo que veníamos haciendo, a admitir que algo no funciona, a poner sobre la mesa lo que preferiríamos no mirar. Una organización que aprendió a no hacer olas no tiene cómo tener esas conversaciones. Va a diagnosticar «problemas de comunicación» donde en realidad hay conflictos evitados, va a aprobar por unanimidad cosas que la mitad de la sala no cree, y va a descubrir sus problemas siempre tarde, cuando ya son caros.

En la Era de la IA, la franqueza es ventaja competitiva

Se habla mucho de que la inteligencia artificial va a resolver la parte técnica del trabajo. Probablemente sea cierto. Pero justamente por eso, lo que va a quedar del lado humano —lo que ninguna herramienta reemplaza— es cada vez más decisivo: la capacidad de decirse las cosas, de tener las conversaciones difíciles a tiempo, de que las malas noticias suban en lugar de esconderse. La IA multiplica la velocidad de una organización. Si esa organización esconde sus problemas, la IA la va a hacer más rápida en repetir lo que ya no funciona.

En un contexto que cambia tan rápido, el costo de la falsa paz se dispara. El desacuerdo que se traga hoy es el error que se descubre dentro de seis meses, cuando ya no hay margen. La empresa que quiere transformarse necesita, antes que cualquier tecnología, algo mucho más básico y mucho más difícil: gente que se anime a decir lo que ve.

Franqueza no es descarga

Decir lo que pienso, entonces, no es lo opuesto de cuidar la relación. Bien hecho, es una de las formas más altas de cuidarla. Porque cuando te digo lo que realmente pienso —con respeto, sin agredir, yendo contra el problema y no contra vos—, te estoy tratando como alguien capaz de escuchar la verdad y seguir del mismo lado. Te estoy dando lo que no le doy a cualquiera: mi franqueza. El silencio cuidadoso, en cambio, muchas veces es una forma elegante de no comprometerse, de no arriesgar, de quedarme cómodo mientras la relación se vacía.

Esto no es un permiso para decir todo lo que se nos cruce, ni para confundir franqueza con descarga. Hay una diferencia enorme entre decir la verdad para construir y soltarla para herir o para quedarme tranquilo. La pregunta que ordena, otra vez, es la del regalo y la del problema: ¿esto que voy a decir es para esta persona, para que algo mejore entre nosotros o en el trabajo? ¿O es para mí, para descargarme? La franqueza que cuida tiene destinatario y propósito. La que solo descarga, no.

Así que la próxima vez que estés por guardarte algo importante «para no hacer olas», pará un segundo y preguntate qué estás cuidando de verdad. ¿La relación, o tu comodidad de no tener la conversación? ¿La paz, o solo su apariencia?

Porque hay silencios que no construyen ninguna paz. Solo posponen la tormenta y, mientras tanto, le van quitando al vínculo lo único que lo hacía valer la pena: que ahí, al menos, se podían decir las cosas.

 

 

Laura Puñales

Responsable de Desarrollo y Transformación de Empresas

Directora CESA MS

www.cesams.com

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