Honestidad intellectual – Líderes a Innovación – Cap. 4 de 8
Defender la idea, no el ego. Cambiar de opinión ante un mejor argumento. Animarse a decir “no sé”. En el siglo XXI, donde la información sobra, esto es lo que separa a los equipos que innovan del resto.
Hay una pregunta que se decide en silencio, en medio de cualquier discusión, y que dice más de un líder que su currículum entero: cuando aparece un argumento mejor que el tuyo, ¿qué hacés con él?
La respuesta honesta, para casi todos nosotros, es: lo combatimos. No porque sea malo, sino justamente porque es bueno. Porque si tiene razón, significa que yo no la tenía, y eso, en el calor del momento, se siente como una derrota personal. Así que en lugar de recibir el buen argumento, lo esquivo, le busco el agujero, cambio de tema, subo el tono, apelo a mi jerarquía. Gano la discusión. Y pierdo la verdad.
Esa es la línea exacta que separa la honestidad intelectual de su contrario. La persona intelectualmente honesta defiende la idea. La que no lo es, se defiende a sí misma. Desde afuera, en el momento, las dos parecen estar “discutiendo con convicción”. Pero hacen cosas opuestas: una busca llegar a lo correcto, la otra busca tener razón. Y son objetivos incompatibles, porque tarde o temprano lo correcto va a aparecer del lado del otro, y ahí se ve quién estaba buscando qué.
La confusión de raíz es identificarnos con nuestras ideas. Empezamos a tratar “mi propuesta”, “mi opinión”, “mi plan” como si fueran partes de nosotros, y entonces atacar la idea pasa a sentirse como atacarme a mí. Defenderla, como defenderme. Pero una idea no es una parte de vos. Es una herramienta que tomaste para resolver algo, y que podés soltar en el instante en que aparece una mejor. El que entiende esto gana una libertad enorme: puede cambiar de opinión sin sentir que se traiciona, porque nunca estuvo casado con la opinión, sino con resolver el problema.
Por eso cambiar de opinión frente a un mejor argumento, lejos de ser una debilidad, es una de las señales más claras de fortaleza intelectual. “Tenés razón, no lo había pensado así, cambio mi posición” es una de las frases más poderosas que puede decir un líder, y casi nadie la dice. Suena, en nuestra cultura, a que perdiste. En realidad es lo contrario: es el único que de verdad ganó, porque salió de la conversación con una idea mejor de la que entró. Los demás salieron iguales, defendiendo lo mismo que trajeron.
Y está la hermana de todo esto, la frase más difícil de pronunciar para mucha gente con responsabilidad: “no sé”. En el siglo XXI la información sobra; lo que escasea es el líder capaz de decirlo. Vivimos como si no saber fuera una falla del líder, algo que hay que esconder a toda costa. Y entonces inventamos. Improvisamos certezas, opinamos sobre lo que no manejamos, damos respuestas firmes a preguntas que no podemos contestar, todo para no mostrar el hueco. El costo de eso es enorme y casi siempre invisible: el equipo toma decisiones basadas en una seguridad que no existía, y nadie va a buscar la respuesta verdadera porque el líder ya “la dio”.
“No sé, averigüémoslo” no debilita tu autoridad. La fortalece. Porque le enseña a todo el equipo que acá se puede no saber, que preguntar es legítimo, que es mejor un hueco reconocido que una certeza inventada. Un líder que sabe decir “no sé” construye un equipo que no tiene que fingir, y un equipo que no finge es un equipo que aprende a la velocidad real, no a la velocidad de su actuación.
Para las relaciones verdaderas y duraderas, la honestidad intelectual es casi un cimiento. Pensá con quién se puede construir un vínculo de años: con alguien que cuando tiene razón lo sostiene y cuando no la tiene lo reconoce. Con ese se puede. Sabés que su “sí” vale porque su “no” también, que cuando te da la razón es porque la tenés y no por quedar bien, que podés discutir fuerte sin que se convierta en una guerra personal. En cambio, con quien siempre tiene que ganar, todo vínculo termina siendo una negociación agotadora donde nunca sabés si te está hablando de la idea o de su orgullo. Eso no dura, o dura mal.
Hay un detalle que distingue a los equipos intelectualmente honestos, y es que en ellos se puede separar a la persona de su idea en plena discusión. Podés decir “creo que esa idea está equivocada” sin que el otro escuche “creo que vos estás equivocado”. Esa separación no es natural: se construye, y se construye desde arriba. Si vos, como líder, demostrás una y otra vez que atacás las ideas pero cuidás a las personas —que se puede estar en total desacuerdo con vos sin pagar un costo personal—, tu equipo aprende a discutir en serio. Y un equipo que discute en serio, sin miedo y sin egos, encuentra soluciones que un equipo de gente que se cuida las espaldas no va a encontrar nunca. Ahí, y no en otro lado, es donde nace la innovación real.
Así que la próxima vez que sientas esa puntada al escuchar un argumento mejor que el tuyo —ese impulso de combatirlo justo porque es bueno—, reconocela por lo que es: tu ego pidiéndote que elijas tener razón por encima de acertar. Y elegí al revés.
Porque al final, en cualquier mesa, hay dos cosas que podés llevarte: la razón, o la mejor idea. Casi nunca son la misma. Y solo una de las dos hace avanzar las cosas.
Laura Puñales
Responsable de Desarrollo y Transformación de Empresas
Directora CESA MS