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La intención – Comunicar es Regalar – Cap. 7 de 8

COMUNICAR ES REGALAR

Por qué el problema nunca fue la técnica

Capítulo 7 de 8

La intención

Lo más invisible de la comunicación es lo que el otro percibe con más claridad.

 

Detrás de cada cosa que decimos hay una intención. No siempre la decimos —casi nunca, de hecho—, pero siempre está. Es el para qué real de nuestras palabras, el motivo verdadero por el que abrimos la boca. Y aunque sea lo más invisible de toda la comunicación, es lo que el otro termina percibiendo con más claridad.

Pensamos que la gente escucha nuestras palabras. En parte sí. Pero sobre todo, la gente lee nuestra intención. Por eso dos personas pueden decir exactamente la misma frase y producir efectos opuestos: una felicita de verdad y la otra felicita con envidia, y aunque las palabras sean idénticas, todos sabemos cuál es cuál. La intención se filtra. Se cuela por los gestos, por el timing, por lo que viene antes y después, por mil señales que no controlamos. Podemos elegir las palabras. La intención se nos escapa por todos lados.

Esto tiene una consecuencia que ordena todo lo anterior: puedes trabajar la técnica, cuidar tu palabra, adaptarte al otro, manejar tus silencios, y aun así, si la intención de fondo está torcida, todo lo demás se contamina. Porque la intención es la raíz. Lo demás son las ramas.

Vuelve al regalo una vez más, porque aquí cierra. Hay regalos que no son regalos. El que se da para obligar al otro a algo. El que se da para quedar bien delante de los demás. El que se da para comprar un cariño que no se está ganando de otra forma. El que llega con una factura escondida: “después de todo lo que te di…”. Todos esos tienen la forma de un regalo, el envoltorio de un regalo, pero no lo son, porque la intención no es dar. Es conseguir. Y el otro, tarde o temprano, lo siente. Un regalo interesado deja un sabor raro aunque el objeto sea hermoso.

La comunicación es igual. La pregunta más honesta que puedes hacerte antes de hablar no es “¿qué digo?” ni “¿cómo lo digo?”. Es “¿para qué lo estoy diciendo, en realidad?”. Y hay que bancarse la respuesta, porque muchas veces no es la noble que nos gustaría. Digo esto para ayudar, o para tener razón. Para que la otra persona crezca, o para mostrar que yo sé más. Para resolver el problema, o para descargar mi enojo. Para que entienda, o para que se sienta mal. Las palabras pueden ser las mismas. La intención no, y es lo que de verdad llega.

Aquí está lo que muchos prefieren no ver: no se puede maquillar la intención con técnica. Al contrario. Mientras mejor hablas, más nítida se vuelve la intención que hay debajo, porque ya no hay torpeza que la disimule. Un manipulador torpe a veces pasa desapercibido. Un manipulador elocuente da escalofríos, justamente porque la elegancia deja la intención a la vista.

Por eso esta serie, que arrancó cuestionando las técnicas, termina señalando hacia abajo, hacia la raíz. La pregunta final no es cómo comunicar mejor. Es: ¿desde dónde estoy comunicando? ¿Para dar, o para conseguir? ¿Por el otro, o por mí?

Arregla la intención, y casi todo lo demás se ordena solo. No arregles la intención, y ninguna técnica del mundo te va a alcanzar, porque vas a hablar cada vez mejor el idioma equivocado.

 

Laura Puñales

Responsable de Desarrollo y Transformación de Empresas

Directora CESA MS

www.cesams.com

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