Qué ironía pedirles a los líderes —humanos— que sean más humanos.
Suena a tendencia, a avance, a descubrimiento iluminado. Pero si lo miramos de frente, es otra cosa: es una declaración de enorme humillación. Porque para tener que pedirlo, antes tuvimos que construir un mundo donde dejaron de poder serlo.
Lo verdaderamente inhumano no es la tecnología. Lo inhumano es pretender avanzar sin tocar los verdaderos dolores que tenemos para resolver.
Inhumano es declarar innovación mientras sostenemos un modelo de trabajo levantado sobre paradigmas que la contradicen por completo.
Inhumano es no aceptar que hay un trabajo técnico, de diseño, que alguien tiene que hacer: el de achicar la brecha entre una forma de trabajar pensada para otro contexto y el mundo que tenemos hoy.
Y mientras tanto, ¿qué hacemos? Inventamos caminos. Sumamos herramientas, marcos, programas, palabras nuevas. Cuando en realidad no se trata de inventar nada. Se trata, apenas, de volver a pensarnos.
Ese es el único y verdadero tema de agenda. No es uno más en la lista: es el que está debajo de todos los demás. Una verdad que todos conocemos y que muy pocos deciden enfrentar y resolver definitivamente.
Mientras tanto, seguimos romantizando los diagnósticos. Nos enamoramos del problema bien descripto. Y, por supuesto, seguimos buscando culpables.
Pero la salida no está en pedirle a la gente que sea más humana a pesar del sistema. Está en construir un sistema que no les exija dejar de serlo.
Esa es la conversación. La única que importa. Y ya llevamos demasiado tiempo evitándola.