Pedimos innovación. La ponemos en los valores, en los discursos, en las paredes. Hablamos de creatividad, de riesgo, de pensamiento disruptivo, de animarse.
Y después premiamos exactamente lo contrario.
Premiamos al que no se equivoca. Al que cumple. Al que entrega a tiempo y no incomoda. Al que no pregunta de más. Ascendemos al prolijo, no al valiente. Felicitamos al que no hizo olas, no al que se atrevió a moverlas.
Entonces le pedimos a la gente que salte. Y le diseñamos un piso lleno de castigos por caer.
Le pedimos coraje, y penalizamos el error que el coraje inevitablemente trae. Le pedimos que proponga, y miramos con sospecha al que cuestiona. Le pedimos que piense distinto, mientras todo —los indicadores, los tiempos, los premios— le recuerda que lo seguro es pensar igual.
Y un día nos sorprende que nadie innove.
Pero no es un misterio. La gente lee lo que de verdad se recompensa, no lo que se declara. Aprende rápido qué conviene. Y lo que conviene, casi siempre, es no arriesgar.
Porque las personas no hacen lo que les pedimos. Hacen lo que premiamos.
Si queremos otra cosa, el trabajo no es motivacional: es de diseño. Mirar qué estamos recompensando de verdad, qué estamos castigando sin darnos cuenta, y tener la honestidad de alinear el sistema con lo que decimos querer.
Honremos el coraje. No con discursos: con decisiones. Porque ninguna empresa va a ser más valiente que lo que esté dispuesta a premiar.