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¿Sabemos cerrar? Liderazgo y Transformación de Empresa – Cap. 6 de 8

¿Sabemos cerrar? Liderazgo y Transformación de Empresa – Cap. 6 de 8

O dejamos las conversaciones, los acuerdos y los temas colgando, sumando un costo invisible que ninguna empresa que quiere avanzar puede seguir pagando.

Hay una pregunta simple que separa a la gente con la que da gusto trabajar de la que deja siempre una sensación de cosas a medias: cuando empezás algo con esa persona —una conversación, un acuerdo, un tema—, ¿se cierra? ¿O queda flotando, sin un final claro, esperando que el tiempo lo resuelva por su cuenta?

Cerrar es de las habilidades de relacionamiento más subestimadas que existen. No suena glamorosa. No aparece en los libros de liderazgo al lado del carisma o la visión. Pero la diferencia entre alguien que cierra y alguien que deja todo abierto se siente enseguida, y es enorme.

Pensá en todo lo que dejamos abierto sin darnos cuenta. La conversación que terminó en «bueno, seguimos hablando» y nunca se siguió hablando. El acuerdo que quedó en «algo vamos a hacer», sin quién, sin cuándo, sin qué. El conflicto que nadie resolvió y que simplemente se dejó de mencionar, como si callarlo fuera cerrarlo. El pedido que hiciste y del que nunca recibiste respuesta, ni un sí ni un no. El proyecto que no se terminó ni se canceló: quedó ahí, en un limbo, ocupando lugar.

El costo invisible de las pestañas abiertas

Todo eso parece inofensivo en el momento. Dejar las cosas abiertas se siente liviano, hasta amable: nadie tuvo que decir un «no», nadie cerró una puerta, todo queda en un cómodo «ya veremos». Pero lo que no se cierra no desaparece. Se queda abierto consumiendo energía, igual que esas pestañas del navegador que dejamos abiertas «por las dudas» y que, sin que lo notemos, vuelven todo más lento. Cada tema sin cerrar es una pestaña abierta en la cabeza de la gente.

Una conversación que quedó a medias no se va: te sigue dando vueltas, volvés a ella, te preguntás en qué quedó, gastás atención en algo que debería estar resuelto. Multiplicá eso por las decenas de temas abiertos que arrastra un equipo y vas a entender por qué tanta gente termina el día agotada sin haber avanzado en casi nada: la energía no se fue en lo que hicieron, se fue en cargar todo lo que quedó sin terminar.

Para el líder que quiere evolucionar

Para un líder, dejar las cosas abiertas tiene un efecto particularmente caro: genera incertidumbre, y la incertidumbre paraliza. El equipo que no sabe en qué quedó una decisión no avanza, porque no sabe hacia dónde. La persona que entregó algo y no recibió devolución queda en suspenso, sin saber si estuvo bien o mal, y la próxima vez va a trabajar con la mano más floja. El «después vemos» repetido le enseña a todos que acá las cosas no terminan, y en un lugar donde nada termina, cuesta muchísimo empezar con ganas.

Evolucionar como líder es, en buena parte, aprender a cerrar. No porque cerrar sea cómodo —muchas veces obliga a decir el «no» que estábamos esquivando— sino porque el líder que cierra libera. Le devuelve a cada persona la certeza de dónde está parada, y con eso le devuelve la energía que estaba gastando en la duda. Un líder que cierra vale, para un equipo, más que uno que abre proyectos sin parar y no termina ninguno.

Para la empresa que quiere transformarse

Y hay un punto que toca directamente los vínculos. Dejar abierto es, muchas veces, una forma de no hacerse cargo. El que no cierra evita el momento de decir «esto no va», «la respuesta es no», «esto quedó mal y hay que hablarlo». Prefiere el limbo a la definición, porque el limbo no obliga a nada. Pero el otro, del otro lado, queda en falso: esperando una respuesta que no llega, sin saber a qué atenerse. Y pocas cosas desgastan más un vínculo que la sensación de quedar siempre en suspenso con alguien. La gente confía en quien cierra, aunque cierre con un «no», mucho más que en quien la deja flotando con un eterno «quizás».

A escala de organización esto se vuelve estructural. Las empresas que avanzan no son las que más iniciativas abren —esas sobran— sino las que saben cerrar: decidir, dar por terminado, archivar lo que no va, poner fecha y responsable a lo que sigue. Una transformación no se sostiene sobre decenas de frentes abiertos que nadie cierra; se sostiene sobre pocas cosas llevadas hasta el final. La organización que no cierra acumula un pasivo silencioso de temas colgados que drena la energía justo cuando más la necesita para cambiar.

En la Era de la IA, cerrar es más urgente, no menos

Podría pensarse que con más herramientas —tableros, automatizaciones, asistentes de IA que resumen y recuerdan— el problema de lo abierto se resuelve solo. Es al revés. La tecnología nos permite abrir más cosas, más rápido, en más lugares al mismo tiempo. Si a esa capacidad de abrir no le sumamos la disciplina de cerrar, lo único que hacemos es multiplicar el limbo. La IA puede recordarte que un tema sigue abierto; lo que no puede es tomar por vos la decisión de cerrarlo. Ese «la respuesta es no», ese «esto lo damos por terminado», sigue siendo una responsabilidad humana. Y cada vez más, una competencia de liderazgo que distingue a las organizaciones que avanzan.

Cerrar no es cerrar bien: es cerrar claro

Porque cerrar no significa siempre cerrar bien, en el sentido de que el resultado sea el que uno quería. Significa darle un final claro a las cosas. «Lo pensé y la respuesta es no» cierra. «Esto no funcionó, lo damos por terminado» cierra. «Quedamos en que vos hacés esto para el jueves y yo te respondo el viernes» cierra. Incluso un desacuerdo se puede cerrar: «no estamos de acuerdo, y por ahora seguimos cada uno con su posición» es un cierre, porque al menos las dos personas saben dónde están paradas. Lo único que no cierra es el silencio, el «ya veremos», el tema que se deja morir sin nombrarlo.

Hay algo respetuoso, casi generoso, en cerrar. Cuando le das a alguien una respuesta clara —aunque no sea la que esperaba—, le devolvés su tiempo y su tranquilidad. Le permitís dejar de esperar, soltar esa pestaña abierta, seguir adelante. El que cierra cuida al otro de la peor forma de incertidumbre, que es la que no tiene fecha de vencimiento. El que deja todo abierto, en cambio, hace que la otra persona cargue indefinidamente con algo que solo él podía resolver.

Así que vale la pena revisar, cada tanto, qué tenés abierto. Las conversaciones que quedaron en suspenso, los pedidos que no respondiste, los temas que vienen flotando hace semanas esperando una definición tuya. Elegí uno y cerralo hoy, aunque sea con un «no». Vas a sentir, casi físicamente, cómo baja el ruido.

Porque liderar no es solo abrir cosas —ideas, proyectos, posibilidades—. Es, sobre todo, saber cerrarlas. Y un equipo donde las cosas se cierran es un equipo que puede, por fin, dedicarse a empezar las que importan.

 

 

Laura Puñales

Responsable de Desarrollo y Transformación de Empresas

Directora · CESA Management Solutions

www.cesams.com

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