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A ellos. A quienes lideran.

A los gerentes y mandos medios. A quienes cada día —y hoy más que nunca— son interpelados y juzgados sin que nadie se detenga a mirar la enorme complejidad de lo que cargan, ni la real falta de herramientas con la que sostienen una tarea tan desafiante.

Hablo de ellos. De los que están en el lugar donde todo se tensiona: entre la estrategia que baja y la realidad que sube, entre lo que la empresa espera y lo que el equipo necesita. De los que traducen, sostienen y empujan, muchas veces en silencio.

En más de 30 años acompañando a miles de líderes en 13 países, compruebo que, salvo contadas excepciones, a todos los une un mismo deseo: que las cosas sucedan, y que sucedan bien. Para todos.

“Les dimos la oportunidad”, decimos, “y no supieron aprovecharla”. Pero… ¿cómo hacerlo? Parece que, con el enorme favor de colocarlos en un lugar de privilegio y desearles suerte, creemos que ya es más que suficiente.

¿Y el día después? Ese privilegio, ese reconocimiento, en la mayoría de los casos se transforma en una profunda frustración. Porque, ¿con qué herramientas cuentan? Con las de siempre. Con aquellas que nos trajeron hasta aquí, y que quizás todavía alcancen para sostener un modelo de trabajo que ya no existe o con on el ejemplo de gerentes y mandos medios del siglo XX, para enfrentar los desafíos del siglo XXI.

Y sin embargo, desde nuestro rol somos testigos de procesos de transformación extraordinarios. A medida que van encontrando respuestas a las cosas que les suceden, el relato cambia. La sensación de libertad y de verdad se incorpora, poco a poco, en su hacer de todos los días. Y ahí, íntimamente, pienso: “lo entendieron todo”.

Y claro que sí. Es, simplemente, tener un espacio de desarrollo. Tiempo para hacerse mejores preguntas, para reflexionar, para recordarse desde otro lugar. Porque el proceso de desarrollo nos devuelve a nuestra esencia: nos aleja del lobby, nos baja de la sofisticación y nos coloca justo allí, frente a aquello de lo que siempre fuimos capaces y aún no sabíamos.

Y allí están hoy. Dando batalla, confiando en ellos y en sus equipos.

Porque no nos engañemos: lo que ocurra en las compañías en los próximos diez años no se decide en los discursos de la cima. Se decide en el medio. En esa franja que hoy elige, todos los días, si liderar es repetir lo que recibió o atreverse a algo distinto. Ahí se juega el futuro. Y ese futuro ya empezó.

A ellos, mi reconocimiento. Por todo lo que sostienen sin que se note.

A ellos, mi compromiso. El de no dejarlos solos frente al cambio más profundo que enfrentan las organizaciones modernas.

Y a ellos, mi convicción intacta: que están a la altura. Que siempre lo estuvieron. Y que esta década los va a encontrar liderando la transformación que las empresas necesitan abordar ya.

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