Llenamos a los líderes de cursos. De talleres, certificaciones, programas, diplomas. Y a todo eso lo llamamos “desarrollo”.
Qué tranquilizador suena. Qué bien queda en una memoria anual.
Pero si lo miramos de frente, muchas veces es exactamente lo contrario. No es desarrollo: es coartada. Una forma elegante, costosa y bien intencionada de no cambiar absolutamente nada.
Porque capacitar al individuo nos permite no tener que rediseñar el sistema. Es más fácil mandar a una persona a un curso que admitir que el contexto en el que trabaja está roto. Más cómodo pedirle que mejore, que asumir que el problema nunca fue ella.
Y entonces aparece la pregunta que casi nadie quiere hacerse: ¿y si el asunto nunca fue que no saben? ¿Y si lo saben, y lo que falla es un contexto que no los deja aplicar lo que ya saben?
Porque eso es lo que veo, una y otra vez. Líderes lúcidos, preparados, con todas las herramientas, atrapados en estructuras que premian justo lo contrario de lo que les enseñamos. Les pedimos que escuchen, en empresas que corren. Que confíen, en sistemas que controlan. Que desarrollen personas, mientras los medimos por números trimestrales.
Y cuando, previsiblemente, no pueden… los mandamos a otro curso.
El desarrollo real no es acumular contenido. Es tener el coraje de mirar el diseño. De preguntarnos qué estamos premiando de verdad, qué estamos pidiendo sin darlo, qué seguimos sosteniendo aunque ya no funcione.
Lo demás es entrenamiento para correr más rápido por el mismo camino de siempre.
Honremos la palabra desarrollo. Porque de eso, ni más ni menos, depende el futuro de todos.