Ayer fue un nuevo C-level. El cargo flamante que por fin iba a ordenar lo que nadie ordenaba. Otro día fue un rol nuevo, con un nombre en inglés y una promesa enorme. En otro tiempo, un área entera creada para hacerse cargo de eso que a todos preocupaba. Y hoy es la IA: la que viene, dicen, a resolvernos primero y a potenciarnos después.
Siempre hay una próxima salvación. Siempre aparece, en el horizonte, eso que esta vez sí va a cambiarlo todo.
Y no está mal ilusionarse. El problema es para qué usamos la ilusión. Porque demasiadas veces no la usamos para transformarnos, sino para lo contrario: para no tener que hacerlo. Para depositar afuera —en un cargo, en un área, en una tecnología— la responsabilidad de un cambio que en realidad es nuestro.
Es más fácil contratar la solución que convertirse en ella. Más cómodo esperar que algo externo nos rescate, que asumir que el trabajo de fondo no lo hace nadie por nosotros.
Y entonces el ciclo se repite. Llega la novedad, renace la esperanza, pasa el tiempo, vuelve la decepción. Y salimos a buscar la próxima. Cambiamos de salvador, pero no de pregunta.
Porque ninguna de estas cosas está mal en sí misma. Un buen C-level suma. Un área nueva puede ordenar. Y la IA, sin dudas, va a transformar cómo trabajamos. Pero ninguna va a hacer por nosotros lo que evitamos hace años: mirar de frente el modelo, y animarnos a repensarlo.
La IA no va a salvar a una organización que no se anima a cambiar. La va a hacer más rápida en repetir lo que ya no funciona.
Ninguna herramienta reemplaza la decisión de transformarse. Esa no se contrata, no se delega y no se actualiza con la próxima versión. Esa, todavía, sigue siendo nuestra.
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Laura Puñales – Director de CESA MS